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En su mirar, Micaela, está mi ser, como el sol que en el alba resplandece, y aunque su luz a mí nunca me ofrece, en su sombra mi alma queda en poder. Ella es mi estrella, y al verla tan fiel, mi corazón se quema y se aderece; en silencio mi ardor siempre se enloquece, sin esperanza de poderla tener. Bajo su cielo voy, mi ser en pena, en sueños busco la esperanza esquiva, y en cada paso, el amor me condena. ¡Oh Micaela! Dueña de mi alma viva, ¿por qué de ti la paz nunca se llena? Si en mi pecho el amor, triste, se aviva.
Micaela, en tus ojos hallé el mar, donde mi alma, en paz, se sumerge y canta, y en tus labios, el sol que nunca quebranta, ilumina mis días, dándome el amar. Tu risa es la melodía al despertar, y tu voz, en susurros, siempre encanta, como el viento que al jardín siempre planta el perfume que da vida al lugar. Junto a ti, mi ser por fin florece, en tu abrazo el mundo se torna entero, y el tiempo, dulce, en nuestras manos crece. Amor, que en tus ojos es mi sendero, y a tu lado, el alma ya no adolece: nuestro amor, eterno, es lo que primero.
Micaela, en tu piel mi fuego arde, y tus ojos, como llamas, me devoran, en tus labios, mis ansias se exploran, y en tu cuerpo, mi deseo se guarde. Tu cuello es mi campo donde mi ser tarde, y tus brazos, los muros que me ahogan, como un río que sin piedad me ahorca, bajo tu piel, mi amor se desborda. Tus curvas son el lecho donde quiero sumergirme, sin pudor ni medida, y en tu aliento, hallar el fuego entero. Micaela, en tu amor la carne pide, y en la fiebre de tu cuerpo, me muero, pero en tus brazos, todo mi ser vive.
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